Sin embargo, los practicantes de esta disciplina no siempre están de pie sobre el fondo de una inmensa ola a punto de cerrarse sobre ellos. Muy al contrario. La mayor parte del tiempo permanecen sentados sobre sus tablas, esperando la ola perfecta. Por eso, siempre están en busca de spots cada vez más hermosos, para disfrutar de la vista durante esos momentos meditativos. Y es precisamente eso lo que ofrecen las Maldivas.
“No estoy revelando nada al decir que las Maldivas son famosas por sus playas de arena blanca y aguas turquesa. Pero hasta verlo con los propios ojos, no se logra comprender la grandiosidad de esa belleza. Es tan impresionante que aquí la gente dice que el archipiélago representa ‘el lado soleado de la vida’”, explica Ihusan Mohamed.
Ihusan sabe de lo que habla. Nacido en la pequeña aldea maldiva de Thulusdhoo, conocida mundialmente por la ola llamada ‘Cokes’, ha surfeado desde su infancia en la región. Conoce cada rincón, cada arrecife y cada ola de las Maldivas. Y, según sus palabras, nunca se cansa de ello:
“Era muy joven la primera vez que subí a una tabla, así que prácticamente lo he hecho toda la vida. Para mí, surfear una ola es, siempre ha sido y siempre será, una experiencia que quita el aliento. Es una forma de expresarse y de revelar la propia naturaleza”.
Al mismo tiempo deportivo, emocional y creativo, el surf es tanto una comunión con la naturaleza como consigo mismo. En la emocionante adversidad del deporte, los rasgos de personalidad se revelan: los persistentes vuelven a la tabla constantemente, incluso después de caídas; los sensibles se superan con cada ola; y los creativos aprenden a dominar la gravedad y la fuerza de la naturaleza para crear un estilo de deslizamiento que casi se convierte en una obra de arte. La mayoría de los surfistas, por cierto, combina varias de estas cualidades al mismo tiempo.